Polichinela en el Caribe

Ideas, sueños e impresiones de una trotamundos que amaneció en Caracas

El último gancho de “Inca” Valero

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Al bicampeón mundial de boxeo, el venezolano Edwin Valero, también conocido como el “Inca”, no le bastaba partirse la cara en el cuadrilátero. Además maltrataba a las mujeres de su vida resguardándose en la “adicción al alcohol”. Tanto ejercía sobre ellas su profesión que en la madrugada del sábado 17 de abril asesinó a su mujer en la venezolana ciudad de Valencia, a 155 kilómetros de Caracas.

Jennifer Carolina Viera de Valero, de 24 años, era madre de dos niños menores fruto de su matrimonio con el asesino. Cuando la Policía la encontró, su cadáver “presentaba tres heridas producidas por arma blanca en varias partes de su cuerpo”. Su marido la golpeó y apuñaló hasta la muerte, después de pasar seis horas con ella en la intimidad del Hotel Intercontinental Tacarigua, al que la pareja había entrado alrededor de las once de la noche para pernoctar.

A las cinco de la madrugada, tras asesinar a Jennifer, el púgil de 28 años bajó a la recepción del hotel a confesar el crimen. Horas más tarde, el “Inca” era detenido por asesinato y apresado. Valero ya registraba varios antecedentes por violencia de género contra la víctima por los que se encontraba bajo fianza y en un régimen de presentación ante las autoridades cada 90 días. Además, cumplía una terapia de desintoxicación en el Hospital psiquiátrico San Juan de Dios de Mérida, donde debía permanecer ingresado seis meses por su adicción al alcohol.

Pero la condena no llegó a su final. Como muchos otros maltratadores, arrepentidos o tal vez incapaces de afrontar la sanción por su barbarie, el dos veces rey de los rings mundiales se quitó la vida en la madrugada siguiente. El cuerpo del boxeador fue encontrado colgado en los calabozos de la Policía de Carabobo en torno a la una y media de la noche. Valero se ahorcó en el interior de su celda utilizando las prendas de ropa que llevaba puestas, según confirmó el jefe de la Policía en la cadena nacional Venezolana de Televisión (VTV).

Crónica de una muerte anunciada

La historia del asesinato de Jennifer a manos del campeón mundial de peso ligero recuerda a la macabra novela de Gabo. Ya en septiembre de 2007 Valero fue denunciado tras golpear a su madre y a su hermana durante una discusión familiar en el sector La Palmita de Mérida, pero salió airoso de la condena por violencia doméstica.

El pasado 20 de marzo, Jennifer ingresaba en el Hospital Central de Los Andes, donde fue hospitalizada tras una “brutal golpiza” perpetrada por el monarca de los cuadriláteros. El informe médico destacó lesiones de consideración, ya que la mujer presentaba hematomas en diversas partes del cuerpo y un neumotórax, “un golpe en la costilla le perforó un pulmón”.

Cinco días después, el agresor acudió al centro médico a visitar a la víctima y allí fue detenido por las autoridades y llevado a declarar, no sin haber amenazado antes al personal del hospital “si el caso transcurría a la opinión pública”.Tras la paliza, la Fiscalía pidió 18 años de prisión para el pugilista, detenido e imputado por delitos previstos en la Ley Orgánica venezolana sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia.

Sin embargo, al salir del hospital en el que la víctima había sido ingresada en otras ocasiones por lesiones similares, Jennifer se negó a declarar contra su marido, alegando que “se cayó, de manera accidental, por unas escaleras”.

Días después el boxeador criollo quedaba en libertad y sólo un mes más tarde, probablemente después de acostarse con su mujer, la asesinaba a cuchilladas en la solitaria habitación de un hotel.

El “Inca” era campeón ‘superpluma’ de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) y ostentaba el título ligero del Consejo Mundial de Boxeo (CMB). Antes de acabar con el infierno que debía sufrir a diario, se sumó a las filas de los mejores maltratadores mundiales, aquellos que, MÁS COBARDES QUE LUCHADORES, noquearon a la mujer de su vida en un último gancho perfecto.

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Written by polichinelaenelcaribe

abril 18, 2010 at 6:17 pm

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Seis pedazos de Caracas en femenino

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En los dos meses y medio que llevo en Venezuela me he topado con muchas historias pero, no sé si por casualidad, me han impactado siempre más las femeninas. Quizá porque he conocido más mujeres o puede que sólo por empatía. Al escucharlas todas me “pegaron” (afectaron) de un modo especial por la lecciones que aprendí de ellas y por lo mucho que aún me hacen reflexionar. Algunas incluso me arrancaron varias lágrimas. Por lo inquietante de sus historias y por la fortaleza de sus protagonistas, decidí recoger estos seis relatos breves y guardarlos para siempre en la bitácora de Polichinela.

Heroína del barrio

“La semana pasada mataron a dos chamos en el barrio. La balasera (tiroteo) duró casi una hora Vero. Los cayeron a plomo (dispararon) cerca de la casa en un fuego cruzado entre bandas. Fui a ver el levantamiento de los cadáveres y chama…(pausa larga) eran dos malandros bien chiquitos. Pobres infelices”. La última vez que hablé por teléfono con Yasmín me contó esta historia, pero la suya, sin acabar en sangre, no desmerece ser conocida. Os hablé de ella en el anterior post. Yasmín tiene cuarenta y largos y ha vivido siempre en el barrio El Observatorio, en el corazón de la parroquia 23 de Enero, al oeste de la capital. Esta caraqueña de pelo azabache se enamoró muy joven de su primer marido con quien tuvo un hijo que hoy cumple treinta y tantos. El “hampa” (crimen) asesinó al amor de su vida frente a sus ojos y la convirtió en una viuda joven con un “chamito” a su cargo. Años después, tras levantar cabeza, se casó de nuevo “porque una no se puede quedar sola en esta vida” y tuvo su segundo hijo, que con ocho años juega con su sobrino (nieto de Yasmín de la misma edad) en las calles del barrio. Hoy regenta un pequeño local junto a su casa en el que cocina “a precio revolucionario” (no llega a cuatro euros) pollo frito con papas, arepas, sopa y ensaladas para la gente del barrio. “Yo hago como mi presidente chama. Aquí en el barrio la gente no tiene plata y los precios son solidarios”. Se “para” (levanta) feliz a las cinco de la madrugada a preparar la masa de las arepas (especie de empanada hecha con masa de maíz y rellena de…de cualquier cosa, dulce o salada). Su explicación sobre los beneficios que gana como cocinera ratificaba la idea de una frase de Oscar Wilde que leí hace unas semanas. “Hay gente que se preocupa más por el dinero que los pobres: los ricos”.

Madres del Hampa

Mariana es vecina de Yasmín, vive un par de “ranchos” (casas del barrio) más abajo. A ella no he tenido la oportunidad de conocerla en persona. Fue Yasmín quien me contó su estranguladora historia sin inmutarse tras manifestar que, en el fondo, ella se sentía “afortunada” en esta vida. “Hay una mujer acá en el barrio chama, una vecina mía…verga (joder) esa sí que no tuvo suerte, le salieron todos los hijos malandros y se los mataron a los tres. Ni uno le quedó vivo. Chama yo pienso bueno ellos también eran hampones, los mataron por asesinos, pero igual…¿qué culpa tiene una madre de una desgracia así? Acá en el barrio hay un malandro casi en cada casa. ¿Ves? Por eso yo tuve suerte Vero, en la mía hay puros hombres trabajadores”.

Viviendo a contrarreloj

Karla, alias ‘la gocha’ (así llaman a los venezolanos de la región andina) tiene 23 años. Es una periodista que movió su esqueleto a Caracas desde el estado occidental de Táchira nada más licenciarse. “Allá encontrar trabajo de comunicadora social es casi imposible”, me explicaba hace unos días en la radio. Sobrevive en la capital gracias a su juventud, sus ganas y el pluriempleo. Su vida se redujo hace seis meses a jornadas laborales imposibles (12 horas) en las que hace piruetas para dormir y apenas mastica el almuerzo. Karla es periodista digital. Trabaja en las páginas web de dos medios nacionales de 6 a 12 y de 13 a 19. “Yo me paro a las cuatro y media y llego a casa sobre las nueve de la noche, sí la verdad es que no tengo tiempo para mucho”. Va andando de un puesto de trabajo al otro y acumula guardias los fines de semana, con lo cual, tampoco descansa como se merece el “día del Señor”. Mientras busca el cepillo de dientes en el bolso hace cuentas y me explica: “Bueno al final con los dos salarios gano unos 3.000 y pico bolos al mes (no llega a 900 euros) y tampoco creas que ahorro, me tengo que pagar todo yo sola acá en Caracas chama, pero con un trabajo a juro (seguro) no me alcanza”.

Matriarca nicotínica

Desde que conocí a esta colombiana inmigrada a Caracas me resultó un personaje de lo más interesante, pero cada nueva conversación con ella me descubre datos que la convierten en una mujer admirable y luchadora. Ara lleva treinta años trabajando en casa, “chama yo he visto crecer a los muchachos” me cuenta refiriéndose a Gustavo y Jose, mis ‘hermanos’ caraqueños. En casa Araceli es una mujer “todera” porque ella lava, cocina, friega los platos, plancha, limpia, hace las camas, da de comer a las tortugas, saca la basura, riega…Abre el ojo a las cuatro de la mañana para estar en casa puntual a las siete y trabaja nueve horas al día. Vive en el barrio de Antímano, al otro lado de la ciudad, y varias veces le han robado los malandros por regresar a casa atravesando “en la noche” la Caracas más oscura.

Cada semana, me pregunta con sorna y sosteniendo un cigarrillo cuándo le presento a mi novio. Un día se me ocurrió contestarle: “Ara, tranquila, pero por el momento no tengo ninguna intención de casarme”. Se dio la vuelta, se sentó frene a mi en la mesa de la cocina y aquí os transcribo el resultado. “Mira Vero, te lo digo porque te quiero mija, ya tú tienes que buscarte un varón rápido chama, en seguida te harás vieja y te vas a quedar en la casa llorando sola con la cara llena de arrugas”. En efecto, el rostro se me empezó a arrugar ante el tono pesimista de su discurso. “Yo me casé bien chiquita, a los 16 años y tuve mi primera niñita a los 17, pero murió a los tres días porque yo tenía una infección o algo en la barriga, no sé. A los 18 tuve a la segunda, con 20 me preñé de la tercera y para los 22 ya tenía el cuarto; el último, un varón. Así que mira, más joven que tú Vero y ya andaba yo lista para venirme a Venezuela con el esposo y ponerme a trabajar. ¿Ves? Tienes que apurarte chama, luego andarás vieja para criar. Si es que una necesita estar joven y fuerte para ser madre. Yo ya tengo nueve nietos y tres bisnietos y cumplo ahorita 64 años”. La nicotina que emanaba el humo de su boca no emborronó el peso de su relato vital. “Sí Ara, es verdad, en cuanto me empate con un tipo te aviso”, le respondí con una sonrisa ligera y callada.

Cicatrices invisibles

“Al menos no la violaron” comentaba la gente en la radio al conocer la noticia. Ana tiene 25 años y vive al este de Caracas, en una zona (aparentemente) segura. Estudió políticas pero se gana el pan como periodista en varios medios de comunicación, “sí chama como muchísimos comunicadores en este país yo también tengo dos trabajos”. Tiene horario de tarde y llega a casa a eso de las nueve de la noche. Hace diez días cuando regresaba en “carro” desde la radio fue secuestrada en la puerta de su urbanización a punta de pistola por dos hombres (en Venezuela se registran una media de cuatro secuestros diarios). Ana sobrevivió al ya dramáticamente famoso en el país ‘secuestro exprés’, llamado ‘paseo millonario’ en Colombia. La “ruletearon en carro” hasta una ciudad a dos horas de Caracas, donde le amenazaron con matarla si no colaboraba. Tras pedir por su vida una cantidad desorbitada a la familia, finalmente, los secuestradores (según ella no malandros, sino policías) redujeron el rescate a 40.000 bolívares fuertes (más de 6.000 euros). “Me dejaron salir viva… qué más te puedo decir”. La rabia empaña su mirada mientras cuenta la pesadilla que vivió durante la noche más larga de su corta vida. “Yo sólo me quiero ir de esta mierda, así no se puede vivir chama, tengas el carro que tengas”. Un silencio desolador se apodera de su discurso. “Me piden que me sienta afortunada por haber sobrevivido…pero ¿quién me quita a mí esta cicatriz?”.

Imposible “resolver”

María tiene 31 años y vive en el céntrico municipio de Chacao. Estudió Comunicación Social en la Universidad Central de Venezuela (UCV) y asegura que nada le hace más feliz que leer todos los días decenas de “cables” (teletipos) en la pantalla de su “computadora”. Trabaja en la redacción web de Unión Radio desde hace casi dos años y el 90% de su sueldo, unos 700 euros al cambio oficial, va íntegramente destinado a sufragar la economía familiar y “casi ni resuelve” (soluciona) con eso. Sus padres se divorciaron cuando ella era una niña y su “mamá” lleva años sin trabajar. Su hermano, de 25 años, aún estudia en la Universidad y aunque consigue trabajillos esporádicos apenas puede colaborar en casa. Ella “hace el mercado” (llena la nevera) y paga las cuentas y facturas del domicilio familiar, en el que viven los tres juntos en un espacio de menos de sesenta metros cuadrados. “Los venezolanos vivimos al día chama”. A sus treinta primaveras, se ve obligada a compartir habitación con su madre, mientras que su hermano duerme en el sofá cama del diminuto salón porque la casa sólo tiene una habitación. Su ex novio, con quien pensaba casarse, perdió la vista en un accidente de tráfico. La tragedia les sumió en una profunda depresión, minó la relación entre ambos y su futuro juntos. Hoy sueña con “mandarlo todo al coño” y conseguir una beca que le permita “trabajar en Canadá, Europa, Australia…”, cuenta con los ojos mirando al cielo.

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marzo 28, 2010 at 2:18 am

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El chino más pobre de China

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Recordáis aquel patético chiste noventero de… Pregunta: ¿Cómo se llama el chino más pobre de china? Respuesta: Chin-Lú Chin-gá y Chinagua… Probablemente en estos momentos mi amiga Macarena se esté descacharrando de la risa, ya que nadie como ella (y Mister Bean) aprecian el humor absurdo. Sin embargo a mí, como a la mayoría de los venezolanos, dudo que me vuelva a hacer gracia un chiste del estilo. “No chama no me puedo quedar a chismear, el agua está me llegando sólo de ocho a nueve de la noche y hoy me tengo que lavar el pelo”. Así se justificaba Adriana cuando le dije que nos fuéramos a tomar algo a eso de las siete, después del trabajo. El racionamiento de agua en Caracas se está tornando de lo más arbitrario. Cuando llegué a Venezuela en enero, los cortes eran semanales pero nunca más de dos o tres días. Ahora hay semanas en las que pasamos hasta cinco días sin recibir una gota de agua en casa. En los hogares de la capital en los que no existe una bomba de almacenamiento, que son la mayoría, familias enteras se lavan con la ayuda de un cubo.

“Hoy date una ducha rápida Vero”, me decía mi ‘padre’ venezolano hace unos días. Me lavé sin mucho jabón bajo un chorrito de oro azul frío como un témpano de hielo. Su frescura me hizo bien, en realidad, el calentador de agua no es lo que más añoro bajo los 35 grados que abochornan Caracas con su sol húmedo y su ausencia total de brisa. “Hoy no puse la lavadora mi Vero, no hay agua chama”, se excusaba Araceli nada más verme entrar por la puerta hace unos días. “Pero no hay rollo ¿verdad mi linda? Ya yo sé que tú tienes muchos trapitos pa’ ponerte”. Me muero de la risa cada vez que la veo “coletear el piso” cigarrillo en mano a sus sesenta y pocos. “Hoy se mi hizo tarde otra vez, no llego, no llego y el marido me va a regañar chama”. Ara (para los amigos) se “para” (levanta) a las cuatro y media de la madrugada para llegar a casa a las siete y se gasta las “cuatro lochas” (duros) que gana en los nueve nietos que la vida le ha dado.

Como una paradoja más de este mundo incongruente que habitamos, es precisamente la gente humilde la que vive más concienciada de la escasez de agua y luz que atraviesa en estos días la República de Bolívar. Hace poco visité a Yasmín y su familia en su casa. Esta caribeña de pies a cabeza vive desde hace cuarenta años en la parroquia 23 de Enero, al oeste de la ciudad, una de las áreas más pobladas y peligrosas de la capital. Varios “barrios” (zonas marginales) unidos por la superplobación componen esta enorme parroquia caraqueña, que se ha extendido como una mancha de aceite creciendo sin medida a través décadas hacia las laderas del monte Ávila. Yasmín y su familia viven en “lo alto del cerro”, lo que se conoce como “barrio adentro”. En el corazón del barrio El Observatorio, hay que recorrer varias calles y subir escaleras para llegar a la puerta de su “rancho” (nombre de estas casas de ladrillo). Entre las aceras,corretean juntos su nieto y su hijo que, al verme, corren a darme un abrazo mientras me hacen millones de preguntas.

La prensa los bautizó como los “barrios rojos” por el color de los ladrillos de sus casas. Muy pocas viviendas están pintadas porque sus habitantes no tienen recursos para comprar la pintura ni el cemento. Los barrios, que se cuentan por decenas en la capital del país, son zonas inseguras donde habitan el “hampa común” y los “malandros” y donde la violencia forma parte del día a día de sus habitantes. De sus entrañas brota el 90% de los 40 cadáveres que velan las lágrimas de Caracas cada semana. “No puedes entrar sola si no eres de allá es demasiado peligroso, necesitas un contacto que te meta en el barrio”, me explicaba un compañero de la radio durante mi primera semana en Venezuela. La experiencia de haber entrado en ‘la otra Caracas’ se la debo a la hospitalidad y el cariño de mi “alta pana” (gran amiga) Yasmín. En la humildad de su pobreza he descubierto una ‘verdad’ llena de vida, menos preocupada por el mañana y, en ocasiones, mucho más justa y coherente. Su gente es luchadora, familiar, afable y consciente de la realidad a la que pertenece. “En el barrio no todo son delincuentes, tienes que venir y conocerlo pana. Mira estos chamos de la derecha son los malandros del barrio pero ellos me respetan ¿sabes?”, me explicaba la cicerone caraqueña hace unos días. “Chama hay que ahorrar agua y luz, ya lo dijo el Presidente, estamos en crisis”. Me decía Yasmín mientras apagaba el interruptor del baño. “Y esos escuálidos oligarcas dicen que la culpa es de Chávez, ¿puede tener el comandante la culpa de que no llueva? Eso es el fenómeno Niño…¿tú sabes verdad Vero? lo sabes, claro que lo sabes, eres periodista”.

Toda Venezuela está siendo sacudida fuertemente por una sequía que mata de sed los embalses. El fenómeno El Niño ha desplegado sus armas meteorológicas acuciando una falta de lluvias que ha hecho caer en picado el nivel de sus agua. No obstante, la represa de El Guri, embalse que surte de energía a Caracas en un 70% ha sido abandonada a su suerte por el Gobierno y la “falta de inversiones”, según la oposición, ha sido su cáncer. Sus niveles están por los suelos y los expertos vaticinan su “paralización” para finales de abril. “Este carajo no invirtió nada en las turbinas del Guri por diez años y ¿ahora qué chama…?”, protesta Lucía en la radio en alusión al presidente. En enero, la gravedad de la situación llevó al Gobierno a racionar la luz a todos los venezolanos y en Caracas el caos no tardó en llegar. Hospitales, colegios, centros comerciales, etc. denunciaron la falta de electricidad y la ciudad se echó a la calle a protestar contra “la mala gestión de la crisis eléctrica”. En dos días, el Ejecutivo reculó y dijo que no habría más cortes de luz en la capital. De inmediato, el resto de estados del país se sintieron “marginados y discriminados” por la decisión, pero sus voces no llegaron con suficiente fuerza a los despachos del Palacio Presidencial de Miraflores. Acalladas las protestas en Caracas, pero latente la crisis eléctrica, el Gobierno optó por un plan B: las multas. Un dato para romper una lanza en favor de la clase media venezolana que, muy amenudo, carga con los platos rotos de los desaguisados: en los barrios, los pobres, no pagan ni luz ni agua; las facturas no llegan porque rompen los contadores y amenazan (con armas) a los trabajadores que suben al cerro para arreglarlos.

Así, a finales de febrero, la Asamblea Nacional aprobó una medida por la cual sancionará económicamente a quienes no reduzcan su factura eléctrica en un 20%. La medida ha provocado el cambio de horario en centros comerciales y edificios, ha paralizado las escaleras mecánicas, ha apagado los carteles luminosos de muchos lugares de la ciudad, ha encendido la luz de las velas en pubs, bares y cafés y ha desconectado a gran cantidad de caraqueños de su oxígeno: el aire acondicionado. En la radio, varios pasillos han quedado a oscuras y aunque el aire sigue funcionando a todo trapo, ya echan cuentas de cómo recortar la factura de la luz antes de que llegue abril.

Ambos motivos, tanto la Naturaleza (que en su derecho se venga del hombre) como la falta de previsión del Gobierno, han hecho que el país se precipite hacia un inminente y preocupante “colapso eléctrico”, que copa diariamente las portadas de la prensa nacional. Mientras tanto, más días que menos, Caracas se ducha con agua fría, saca el abanico y vive a media luz.

Written by polichinelaenelcaribe

marzo 21, 2010 at 10:51 pm

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Welcome to Ca(os)racas

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He cambiado mi horario en la radio, yo no quería, de verdad que no quería, pero tuve que hacerlo. Bueno en realidad lo cambié hace ya unas semanas. Entraba a las nueve y media y salía a las cuatro de la tarde. Tardaba unas dos horas en regresar a casa en el metrobús y para cuando quería cruzar la puerta de mi habitación ya se había hecho totalmente de noche. Final del sol, final del día. En especial, por la enorme inseguridad. Ahora el despertador suena a las cinco y media de la madrugada (me resulta difícil llamarlo mañana). A semejante hora me cuesta un par de minutos despegarme el cansancio de los músculos y comenzar a vivir. Pero he aprendido que en un bicho urbano como Caracas el madrugón compensa. En toda Venezuela se madruga, pero en su capital “la vaina” (el rollo) es un despropósito. “Ay si yo sé chama, en España ustedes se levantan más tarde y duermen la siesta todos los días… qué rico mami, eso sí estaría sabroso poder hacerlo acá también”. Mi jefa se “para” (levanta) de lunes a viernes a las cuatro y me lo dice con una sonrisa en la cara… “Es que los chamos tienen que estar a las siete en el colegio y tú sabes es una ladilla (coñazo) que desayunen, vestirlos y toda la vaina chama”. Por lo que deduje que los niños también madrugan de forma criminal a diario. ¿¿¿¿¿¿Siete de la mañana al cole??????? ¿Pero qué clase de viacrucis diario es para un niño levantarse a las cuatro y media de la madrugada? El problema no es sólo el horario, el verdadero viacrucis es llegar.

En Caracas uno vive siguiendo la estela del sol. Te levantas al alba y te acuestas, como un niño chico…¿a las nueve…las diez…? Mientras tecleo, mi reloj marca las 21.30 y los párpados me pesan más que el bolso lleno de gilipolleces múltiples que cargo a diario como si me fuera a la guerra. Tampoco tanto: una rebeca para el frío polar propiciado por el aire acondicionado a todo trapo de la emisora, un “jugo” (zumo) de mango, un “cambur” (plátano), un libro para las dos horas de transporte público que me quedan por delante, las llaves de casa, mi acreditación de prensa por si tengo que salir a “reportear”, fotocopia del pasaporte y el DNI, el “celular” (móvil), un puñado de “bolos” (bolívares), tampoco mucho no se me vaya a aparecer el bribón de Murphy y me peguen el palo los “malandros” (choros, ladrones, hampones, manguis…) justo hoy que llevo “burda plata” (mazo de pasta) encima. Pero como a cualquier mujer enamorada de los bolsos grandes, me produce una incomprensible sensación de seguridad llenarlo hasta arriba y pensar que he salido con TODO de casa.

A las seis y media me despido de Araceli en la puerta de casa mientras aún mastico el último pedazo de tostada del desayuno. “Cuídese mucho mi muchachita y que dios me la guarde”. La beso y la abrazo. “No me hagas la cama Araceli y deja la ropa en el cuarto que ya la recojo yo cuando vuelva mujer”. Camino diez minutos cuesta abajo hasta la parada del metrobús. Normalmente me muevo en vehículos homólogos a los autobuses españoles. No son más rápidos pero sí más seguros que las camionetas, al menos eso dicen. El metrobús pasa cada mañana a una hora distinta y no importa cuantas veces trate de hacer el cálculo, es igual, porque no depende del conductor, sino de un tráfico infernal al que por desgracia ya me he acostumbrado. “Chama intenta no agarrar las camioneticas esas sí que las atracan burda pana”. La alternativa al metrobús es una especie de vehículo acamionetado que contamina más que la central nuclear del señor Burns. A mí me gusta lo folclórico de sus chóferes que “manejan” como si les persiguiesen lenguas gigantes de fuego. Las vírgenes junto a las fotos de la parienta y los chamos en la guantera, el reaggeton y la salsa sonando a todo trapo en mitad de la autovía… Me encanta que sus puertas no se cierren bien porque la brisa me despierta. Me gusta que sus asientos estén forrados de una tela de colores mugrienta, que los hombres cedan el “puesto” a toda mujer sea mayor o no, embarazada o no. Me gusta que las paradas no se aprietan en un botón sino que se gritan con un “señoooooooooooor, la parada”. Me gustan porque en ellos viaja la Venezuela que madruga sin alternativa, pero sin queja ni lamento. Al igual que sus canciones, las letras son tristes y quejumbrosas pero el ritmo siempre incita al baile. El venezolano puede estar jodido pero nunca le faltará una sonrisa ni una “joda” (broma) para enfrentar el día a día, venga lo que tenga que venir. Desde fuera, si te fijas, se puede adivinar las camioneticas que han sido atracadas porque algunas aún conservan los huecos de las balas de los malandros en sus laterales. “Ay no chama aquí lo atracan todo. Ayer domingo a las cuatro de la tarde unos encapuchados se metieron en el metro de Plaza Venezuela a robar y les cayeron a coñazos (les dieron de hostias) a los pasajeros”, me contaba esta mañana una indignada Lucía nada más llegar a la radio.

Pero si no tienes “carro”, como es mi caso, no queda más opción que el transporte público de Caracas, pésimo en comparación con los vagones voladores de Madrid. De mi casa a la radio no hay más que 9 kilómetros de carretera que cada mañana se convierten en hora y media (dos horas) de claxon, frenadas, acelerones, pisadas, empujones y un ratito de asiento si hay suerte. Al principio me desquiciaba. Me ponía a leer. Miraba por la ventana en la página 54 y en la 57 aún no nos habíamos movido ni un centímetro. Pero con los días he aprendido a viajar sin agobiarme por las agujas del reloj. Eso es algo que le debo a Venezuela: una sorprendente tranquilidad que habita en mi persona desde hace semanas. Y no me viene nada mal. El “no chama tranquila, no hay rollo pana, cuando tenga que ser será” es el prozac gratuito de los caribeños y, en eso, a los del hemisferio norte nos dan mil vueltas.

Recuerdo que durante mis primeros días en Venezuela solía pensar que no podía haber nada más tedioso y aburrido que ser conductor de autobús en Caracas. Pero no, ellos sacan su Blackberry y se ponen a actualizar el facebook en pleno semáforo. Mascan chicle y se colocan las gafas de sol, minuto tras minuto, mientras los 30 grados de la ciudad hacen que el asfalto se derrita bajo sus pies. Las arterias motorizadas de Caracas se colapsan varias veces al día, pero la vida de sus ciudadanos sigue. Caí en la cuenta de que me equivocaba respecto a los chóferes cuando vi conducir por primera vez a una ambulancia en mitad de un tapón de humo y gasolina a las cinco de la tarde. Sentí que me ahogaba con tan sólo contemplar la velocidad ridícula a la que se movía el vehículo sanitario, incapaz de escaparse hacia la vida atrapado en aquella amalgama de chapa y pintura inmóvil. Traté de imaginar la desesperación de aquel conductor. Sin querer, recordé aquella de la campaña de Navidad de la DGT que repetía incansable “Lo importante es llegar”. ¿Y si ese no llega? Me pregunté. En el interior del metrobús nadie “le paraba ni media bola” (prestaba atención) a la ambulancia atascada como un pececillo en una red de pesca.

Es tan curioso lo asumidos que tienen los atascos diarios que algunos caraqueños viven de la venta ambulante en las autovías de la capital. Se plantan a cualquier hora en plena carretera a vender todo tipo de “vainas” (cosas): comida, bebida, periódicos, música…No corren peligro porque los coches, sencillamente, están parados o se mueven a 30 kilómetros por hora. Y si viene un “motorizado” si apartan y punto. Aquí el negocio está al doblar cualquier esquina y quien no lo aprovecha es un “gafo” (tonto, pardillo). Ahora, después de un mes habitando en este monstruo de ciudad, ya no miro tanto por la ventana del metrobús, las imágenes se han vuelto familiares. Ahora observo a la gente, cada día distinta. Contemplo a los niños dormidos sobre el pecho de sus madres incapaces de no babear luchando contra el sueño, a las mujeres cubriendo sus pestañas de máscara desafiando el traqueteo constante, a los adolescentes destrozando sus tímpanos a base de merengue duro…

Casi una esfera y media de mi reloj después, cuando llego a la parada de Chacaíto, me bajo y camino dos minutos hasta la boca del metro. Esa calle, en concreto, está plagada de gente y todas las mañanas desprende un hedor que todavía no sabría describir. Pero los caraqueños desayunan apoyados en sus paredes y abren los puestos de fruta desde las siete de la mañana. En el metro sólo duro dos paradas pero hay detalles que también me cautivan. Bajo tierra los raperos de trece años improvisan sus rimas en cualquier vagón por un puñado de bolos y ellas, siempre impecables, delinean el perfil de sus labios antes de salir a la superficie. Una vez en Altamira, vuelvo a la luz del sol y me esperan quince minutos de caminata cuesta arriba hasta la radio. No corro como haría en Madrid, aquí trato de disfrutar cada “cuadra” (manzana) del trayecto.

Camino con cuidado. Los semáforos son un bien escaso en el centro de la capital y cruzar las calles implica una media de 15 posibles actos de suicidio al día. “Coño chama ya te venezolanizaste, verga yo no me atrevo a cruzar así”. Agarré del brazo a Marisela y le grité “corre o te atropellarán, yo lo veo bastante simple tronca”. Pero ella tiene razón, la conducción aquí es francamente temeraria. A menudo pienso que se podrían haber ahorrado la pintura de los pasos de cebra porque sencillamente los ignoran, y si no “andas pilas” (al loro) pasas de ser un peatón a una mota de polvo imperceptible en cuestión de segundos. No obstante, como en el resto de sus peculiaridades, esta ciudad sólo tiene un truco para sobrevivir en sus entrañas: no permitirse jamás el lujo de bajar la guardia. Despunta un nuevo día en el Caribe, otra oportunidad para tomarle el pulso a este caos imposible y siempre candente llamado Venezuela. Y es que sólo hay una manera de entender la locura loca de Caracas: no tener miedo a sus rincones sin perderle el respeto a sus aceras.

Written by polichinelaenelcaribe

febrero 23, 2010 at 4:08 am

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Si María Moliner levantara la cabeza…

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Lo primero que pensé cuando me dieron las “pasantías” (prácticas) en Caracas fue: “bueno al menos esa gente habla mi idioma”. Después de mis escarceos con el danés (y sus nueve vocales) no me apetecía volver a mover la lengua frente al espejo como Jim Carrey para sentirme un poquito más integrada. Pero un mes en el Caribe me ha servido para recopilar en la moleskine un diccionario breve de venezolano tras darme cuenta de que en España no se habla castellano, sino “españoleto”.

Cada mañana lidio con los “jodedores” (bromistas) de mis compañeros de radio a quienes sólo les falta caerse de la silla con mis eses toledanas, mis ces vallisoletanas y mis zetas madrileñas. “Hola buenosssssss díassssss precccccciosa ¿cómo estássssssssssss?”, me pregunta Saúl con la más forzada de las sornas nada más cruzar la puerta de la emisora. Cada vez que pronuncio el verbo faSCinar la gente se descacharra de que sea capaz de rescatar en sonido de la ese previo a una ce limpia y clara. “Verga (joder) es que ustedes lo pronuncian todo marica (colega) cuando hablan en españoleto (español de España)”. Al principio hasta me resultaba “cómico” (gracioso), ahora me “ladilla” (cansa) que la gente se me quede mirando la boca cada vez que la muevo. “Ayyyyy mami no te enojes es que a los venezolanos nos gusta mucho joder” (hacer coñas). Más bien yo diría que los caraqueños son incapaces de hablar sin utilizar “chinos” (ironías o palabras con doble sentido) en cada frase y “echarte un chiste” (quedarse contigo) porque hoy salió el sol. Una piensa que entender a un caribeño sería más fácil que descifrar a un gaditano o un ferrolano, sin embargo, el “venezolano” está tan lleno de matices léxicos que, en ocasiones, tengo la sensación de hablar un idioma distinto al que recopiló una brillante María Moliner allá por las primeras décadas del siglo pasado.

Para ejemplo un botón: “Verga panita deja la arrechera y tripéate esta vaina un pelo marica”, en castellano sería algo así como “joder tronca no te ralles y disfruta un poco del plan tía”. Sin embargo, además de una capacidad innata para “gozar la joda” (disfrutar de la coña) los venezolanos tienen la maravillosa virtud de ser gente genéticamente agradable, cariñosa y servicial, así que cuando te ven cara de acelga pocha (que diría la madre de una gran amiga) dejan lo que están haciendo y te explican el significado de la expresión que no has entendido. Una gran anécdota lingüística se produjo el día que un amigo de la radio me dijo: “Epa Vero ¿estás con alguien o quieres que te dé la cola mamita?”. En mi rostro se produjo una reacción bifásica con un inicial fruncimiento de ceño seguido de un preocupante levantamiento de cejas que terminó en un asustadizo “¿Perdón…?”(le contesté entre asombrada y ojiplática). “Que si te llevan en carro a casa o quieres que yo te dé la cola, me pilla de camino mami”. Ese día aprendí que “dar la cola” significa llevar a alguien en coche a algún lugar. Mis cuatro semanas en Caracas están repletas de momentos así. Aún hoy, a diario, saco mis propias conclusiones semiológicas y hago traducciones simultáneas de las palabrejas que van cayendo en mi moleskine en forma de tinta.

Hace una semana Sonia, de religión porrera, me explicó el origen etimológico del verbo “tripear” (disfrutar, gozar, deleitarse o divertirse con algo). En la década de los setenta, cuando comenzaban a gotear en las noches caraqueñas las primeras drogas de diseño procedentes de los Estados Unidos, la juventud más vanguardista de la capital hizo suyo el término “trip” (viaje) para referirse a un chute de estupefacientes (de la misma familia de los popularmente llamados “tripis”). La palabra “trip” saltó de las sustancias psicotrópicas al resto de los campos semánticos y mutó en un verbo “venezolanizado” asociado a la diversión y el placer físico. Convertida en símbolo lingüístico del hedonismo, la expresión epicúrea “tripéatela” se utiliza hoy para desearle a alguien un buen rato, o lo que es lo mismo, el “pásalo bien Pepe” de toda la vida.

En general, la jerga caraqueña está repleta de influencias directas de la lengua inglesa. El hecho de que vean televisión por cable las 24 horas del día y de que no doblen las películas ha permitido que los venezolanos pronuncien los anglicismos en un perfecto inglés americano y que sean capaces de burlarse del “Jelou jau ar llu” del españolito de a pie. “Sí sí, esas vainas (cosas) que dicen los españoles que nada tienen que ver con el inglés”, se tronchaba hace unos días la jefa de información. Sin embargo, en mi incansable tarea sociológica de radiografiar la sociedad venezolana, encontré la imagen que encabeza este post, para la tranquilidad de todos mis compatriotas, en especial, aquellos que alguna nochevieja dijeron “de este año sí que no pasa lo del inglés” y terminaron guardando en el último cajón el cuadernillo de Aprenda Inglés en mil palabras, del quiosco de la esquina. Pues bien, en homenaje a los 450 millones de personas que hablan español en el mundo, la historieta a renglón seguido demuestra que ningún latino que se precie de serlo debería avergonzarse de tener dificultades con los idiomas sajones. El valioso hallazgo que a continuación narro se produjo el día en que celebramos un cumpleaños en la radio y nos mandaron a Ivette y a mí a comprar la “torta” (tarta) y las velas. Una vez en el interior de la pastelería, observo intrigada el nombre de un desconocido dulce llamado “PONQUÉ” y (entre Ivette y yo) se inicia la siguiente conversación:

    Oye tronca (así, a lo madrileño) ¿qué es este pastel de aquí?


    Eso es un bizcocho España (así le dio por llamarme desde el principio), bueno un ponqué.

    ¿Un qué?

    ¿No sabes lo que es un ponqué…? Un pound cake, un pastel de una libra de peso.

    (En este momento Vero, quiero decir España, está cagada de la risa e intentando coger aire de nuevo)

    Sí sí sí…(riendo) es una adaptación “un pelo chimba” (un poco mala) , pero aquí en Venezuela eso se hace “burda” (mucho) pana. Como con la palabra GUACHIMÉ…

    ¿Guachi qué?

    Es el nombre que algunas personas les dan aquí a los vigilantes, para simplificar, viene del inglés “watchingman” (hombre que observa).

    (España se retuerce de la risa y se pide un té helado con limón).

    Vamos España, agarra la “torta” (tarta) tú que yo pillo el refresco de colita.

    (Dos segundos después)

    Veeeeeeeerga chama no me queda “plata” (dinero)…¿España, “será” (tal vez) que tienes algo de “sencillo” (suelto) en el “billetero” (cartera)…?

    Toma cinco “bolos” (bolívares) y ni se te ocurra volver a reírte de mi acento CHAMA.

Written by polichinelaenelcaribe

febrero 11, 2010 at 2:59 am

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“Estamos mamados, estamos arrechos, por eso pedimos: ¡se respeten los derechos!”

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“Bueno pana (colega) ya te lo sabes de la otra vez, si se arma el péo (jaleo) tu sólo corre ¿ok mami?”.El jueves salía por segunda vez con Carlos, reportero de Unión Radio, a cubrir una de las múltiples marchas estudiantiles que desde hace semanas han tomado las calles de Caracas. El pasado 4 de febrero se cumplían 18 años del levantamiento militar frustrado liderado por el comandante Hugo Chávez Frías. El Gobierno y sus acólitos han bautizado la fecha como “Día de la Dignidad” y la Alcaldía de Caracas convocó una manifestación chavista a favor de la “Revolución”. Por su parte, la oposición recuerda el día como el “Golpe de Estado fallido” encabezado por el actual presidente de la República en 1992.

Los estudiantes de varias Universidades de Caracas decidieron salir a manifestarse por las recientes medidas que el Gobierno ha tomado en lo que va de 2010. Los temas de las protestas son recurrentes desde principios de enero: racionamientos de agua y luz, devaluación del bolívar, cierre definitivo del canal RCTV, altos niveles de inseguridad y más recientemente, la inclusión de un alto cargo militar cubano en el Gobierno nacional para “lidiar con el grave problema del abastecimiento eléctrico en Venezuela”. La muerte de dos estudiantes en Mérida durante una manifestación hace diez días también fue recordada aquella mañana en una jornada en la que los universitarios dejaron claro que no quieren sangre, sino diálogo. Una parte de la sociedad venezolana se siente “engañada después de 11 años” y sus representantes más jóvenes decidieron manifestar su rechazo a la gestión política del país, también en la mencionada fecha. No obstante, esta última marcha no fue “permisada” por las autoridades, quienes argumentaron que “se informó de la manifestación a través de los medios en lugar de hacerlo directamente en la Alcaldía, como manda la Constitución”. Igualmente, los estudiantes salieron en una marcha que el Gobierno consideró “ilegal e inconstitucional”. Salvado el principal escollo, la posibilidad de que ambas marchas coincidiesen físicamente en algún punto, en la radio, todo el mundo parecía tener bastante claro que en la marcha de la oposición estudiantil “la cosa se iba a poner fea seguro”, comentaba Juan (uno de los chóferes de la radio) mientras nos llevaba hasta el punto estratégico.

“Te espero en el coche” me dijo Juan mientras cogía dos chalecos antibalas y dos máscaras antigas para Carlos y para mí. “¿Llevas bluejeanes (vaqueros) y zapatillas de goma?” Me preguntó Naidu, la jefa de información. “Ahhhhhha, la pasante (becaria) española se va a la guerra”. En Caracas los reporteros a pie de calle están tan acostumbrados a las bombas lacrimógenas y las escopetas de perdigones de la Policía Metropolitana que cuando salen a “reportear un péo” se preparan para “ir a la guerra”. Al principio no daba crédito y pensé que exageraban, pero cuando llegué a la Plaza Brión de Chacaíto y observé el piquete policial frente a una ridícula masa de universitarios comencé a ver las cosas de otro modo. Había tanta presencia policial y tanta gente “equipada” que ya no tenía claro quién erea prensa y quien fuerza de seguridad; especialmente los fotógrafos se exponen cuando se meten en mitad del jaleo. “Los reporteros gráficos acá siempre son los que salen heridos cuando hay candela”, me explicaba Carlos mientras esquivábamos a la gente para colocarnos a la vanguardia de la mancha humana.

“Los chamos (chavales) están arrechos (cabreados) pana y cuanta más Policía venga más rato que se quedarán acá”. Uno de ellos lanzó una botella de plástico al cordón policial y la Metropolitana contestó la gamberrada disparando perdigones al cielo. “Ya no nos dejan ni expresar nuestra opinión con libertad, mandan soldados para reprimirnos” le gritaba un joven a un PM (jerga para hablar de la metropolitana) La masa de estudiantes, prensa, curiosos y espontáneos se disipó ante el ruido de las escopetas. “Acá cada uno corre hacia donde pueda, si se pone feo tú sal corriendo Vero y ya luego nos juntamos”. Carlos no me dejaba sola ni un segundo, siempre que salgo con él a las marchas estudiantiles tiene miedo de que me pase algo y no me quita el ojo de encima. “Yo estoy casado con una española ¿sabes? Tengo un chamo de cinco años”. Pasamos muchas horas juntos bajo el abrasador sol de la capital, caminamos lo mismo que los estudiantes y les seguimos hagan lo que hagan, hasta el final.

“Vamos a ir hasta Plaza Venezuela pero no dejarán a los chamos ir más lejos, imposible que lleguen hasta la Asamblea Nacional, me han dicho que hay otro piquete de Robocops (antidisturbios) allí esperándolos”. Veinte minutos y una larga caminata después, dos ballenas de la Policía hicieron su entrada en la rotonda de la mencionada plaza cerca de la Universidad Central. Son dos vehículos acamionetados de color azul que transportan abundante agua para reprimir las protestas civiles. “Caracas sin agua y las ballenas llenas”, coreaban los estudiantes indignados. “El chorro de agua de la ballena es como un latigazo, te tumba de un solo golpe”, me explicaba Carlos mientras me ajustaba bien el chaleco antibalas al tronco. Estuve a punto de explicarle que en mi tierra hacíamos algo parecido para celebrar la llegada del verano, pero me pareció poco oportuno en vista de lo que se avencinaba.  “Ahora ya no pasarán de aquí así que en cuanto respires el gas te colocas la máscara y corres”. No lo pensé dos veces, no quería probar los tentáculos de la ballena sobre mi piel. Mientras los helicópteros de las fuerzas de seguridad locales peinaban el cielo, una hilera de Policía, “motorizados” vestidos de paisanos y, cincuenta metros más atrás, La Guardia Real (Ejército) se acercaban acechando a los pocos estudiantes que aún persistían en la avenida de la Plaza Venezuela. Cuando quise darme cuenta la Metropolitana ya me había adelantado y acorraló a los jóvenes en la boca del metro amenazándoles con seguir lanzando bombas de gas. La frase más coreada de la mañana en aquella parte de la capital, “Estamos mamados (cansados), estamos arrechos (cabreados), por eso pedimos: ¡se respeten los derechos!” se apagó en cuestión de minuto y medio. Los ‘Robocops’ les persiguieron hasta los tornos del metro desde donde los trabajadores sacaron a varios viajeros con ataques de ansiedad.

Cuando la Metropolitana había salido de la boca del metro de Plaza Venezuela ordenó que se “trancaran” las puertas de salida y allí nos quedamos todos encerrados durante diez minutos: ciudadanos, estudiantes y periodistas respirando gas y calor subterráneo a las tres de la tarde. Una vez finalizado el espectáculo se me acercó una mujer y me preguntó “Oiga ¿es usted periodista, viene de allá arriba…está eso muy feo o se puede subir?”. Carlos me agarró del hombro y contestó de mi parte: “Suba señora ya se acabó el rollo (problema) con los chamos”. Me quité la máscara del rostro y me picaba la piel de la cara de una manera extraña. En mitad del sofoco se abrieron parcialmente las puertas de la boca del metro y la gente comenzó a salir de nuevo a la calle.  Carlos dibujó una enorme sonrisa y dijo:

-Bueno pana esto fue todo por hoy, cuando quieras te apuntas a otra… ¿Qué? ¿Estas cosas no se ven en Madrid eh…?

-Sí bueno…deberías haber visto las Ramblas de Barcelona cuando el Barça se marcó el triplete el año pasado …me río yo de vuestros antidisturbios pana (con marcado acento español, mientras intentaba quitar la cara de póquer tras el intenso capítulo urbano)

Written by polichinelaenelcaribe

febrero 8, 2010 at 1:25 am

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El decimoséptimo rugido de Los Leones la noche de los 24+1

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“Ay pero allá en España ustedes disen muchas groserías mami…”.Ya me había cansado de explicar por qué aquel día cumplía 24+1 (en lugar de 25…) cuando una tarta de chocolate y fresas apareció sobre una de las mesas de la redacción de noticias de Unión Radio. Todos se levantaron y comenzaron a tocar palmas rodeando el pastel como si fuéramos a jugar al conejo de la suerte. Una versión más corta del cumpleaños feliz español hizo que casi me emocionase llevar dos semanas aquí y haber logrado incluso regalos en el día de mi cumpleaños, pero así fue para mi sorpresa. No voy a escribir lo que pensé cuando soplé las velas para evitar el riesgo de que mis deseos se los lleven las brisas de la red. Sólo sé que me sentí arropada en mitad de un puñado de extraños que han hecho de todo, desde que llegué a Caracas, para que el proceso de integración fuese lo más laxo posible. Y así es pues poco a poco voy disfrutando del sabor de la rutina venezolana de despertarme a las seis y media de la mañana (para estar en la radio a las nueve…). El zumo de mango y la tostada con mermelada de guayaba que me esperan en la cocina me ayudan a despegarme las sábanas a una hora tan indecente. Y las historias que cuenta Araceli cada mañana amenizan el suculento desayuno tropical que abre mis días en el Caribe.

No, no todo iban a ser historias de muerte y corrupción. Aparte de su naturaleza, que espero conocer en un futuro cercano, Venezuela posee tres cosas maravillosas que la convierten en una gran nación (más allá del gas y el petróleo): su gente, su comida y su clima. Tres elementos de los que una no puede sino enamorarse locamente conforme pasan los días. Adriana, una compañera de la radio de mi edad, es una de las muchas personas que me han hecho darme cuenta de la belleza humana que habita Caracas. “No chama, no te voy a dejar que te quedes en casa comiéndote tus mocos españoles en el día de tu cumpleaños”. Nacida en Perú pero criada en Caracas, ‘Adri’ es quien me ofrece su hombro cada mañana en la radio y quien me ha introducido en su universo social sin pedir nada a cambio. “Ay no Vero, no puedo contigo pana (amiga) eres comiquísima (aquí no utilizan la palabra gracioso)”. Desde el principio tuvimos química, nos reímos la una de la otra y nos ponemos al día en jerga caraqueña y madrileña. El intercambio cultural está siendo más que interesante y fue ella quien me sacó el viernes, día de mi cumpleaños, para que conociese la “rumba” (fiesta) venezolana en estado puro.

Pero el 29 de enero, además de hacerme vieja, tuve la oportunidad de vivir una noche histórica para los venezolanos que, como los españoles, mueren por su deporte rey: el béisbol, elevado a la esfera de lo religioso. Los venezolanos admiten ser malos en fútbol pero los mejores en cuanto a bates se refiere. Esa noche se celebraba el final de la liga entre los eternos rivales, el Madrid-Barça del béisbol venezolano: Los Leones del Caracas versus Los Navegantes del Magallanes (de Valencia). Un final de infarto que Adri, sus amigos y yo vivimos en riguroso directo en el local de Chuao (al este de la capital) a donde fuimos para rumbear. De manera totalmente arbitraria decidí hacerme “caraquista” cuando llegué a este país, sin saber que dos semanas después serían Los Leones quienes noquearían a los “magallaneros” convirtiéndose en campeones de liga por decimoséptima vez…así que la celebración nocturna fue por partida doble pese al pique de Adriana, magallanera de corazón abatido, que acabó bailando en un local repleto de caraquistas eufóricos meneando sus gorras blanquiazules.

Pedimos un “servicio” (botella) de ron para que nos saliera más barata la bebida, según parece, aquí es lo más habitual cuando la gente sale en grupos, aunque uno también puede pedir un “trago” (copa) o un “shot” (chupito) si le viene en gana. Musicalmente no tardaría mucho en llegar el perreo, la salsa y el merengue a la pista. Fue entonces cuando tuve la sensación de que la gente se iba a poner a procrear allí mismo, en mitad de las luces y el sudor. Aquí algunos djs lo destrozan todo. Incluso a los Red Hot los mezclaron con son caribeño hasta convertir a los californianos en una especie de versión pachanguera de lo más chunga. Pero para ser justa, debo admitir que me sentí en casa cuando les dio por pinchar a los Hombres G y su ‘Marta tiene un marcapasos’, seguido de los Fabulosos Cadillacas y algo de reggae del bueno. Disfruté como cuando tenía diez años menos y sobreviví a la intensa sesión de hits merenguitos sobre unos contundentes tacones. Tanto es así que Adriana me soltó ojiplática a eso de las dos de la madrugada: “Vero pero si tú sabes bailar salsa chama, tienes ritmo, yo pensaba que las europeas se movían todas igual de mal”. Brindé con ella por mis 24+1 y no pude sino contestarle: “Europa es muy grande pana…ya lo verás cuando vengas a visitarme a Madrid”.

Written by polichinelaenelcaribe

febrero 1, 2010 at 4:08 am

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